Hoy, durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, esperando su resurrección en oración y ayuno.

            En la oscuridad del sábado, surge la Noche Santa: luz, agua, Sagrada Escritura, consagración, campanas, alegría… que se anuncia a través del Pregón Pascual.

REFLEXIONANDO EL TRIDUO CON SAN FELIPE NERI (III)

 

            Sobre el año 1540 San Felipe Neri, Patrono de la Santa Escuela de Cristo y conocido como el apóstol de Roma, puso en marcha la práctica religiosa La visita a las Iglesias de Roma. Devoción que con el tiempo se fue afianzando y, el santo, era seguido de numerosos fieles caminando por las calles en una procesión que duraba dos días. Tuvo su origen en contrarrestar las desviaciones que se producían los días de carnaval en la Ciudad Santa.

            En su recorrido pasaban por los siete lugares de culto más destacados de Roma como son las cuatro basílicas mayores: San Juan de Letrán, San Pedro, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor; y otras tres iglesias simbólicas de Roma: las basílicas de la Santa Cruz, San Lorenzo Extramuros y San Sebastián Extramuros. Por el camino iban con mucho recogimiento, teniendo siempre el sentido puesto en Dios y el correspondiente misterio que iban meditando.

            Con el paso del tiempo, este ritual, adquirió una gran importancia debido a la gran afluencia de gente, siendo impulsado en el año Jubilar del 1550. Desde entonces las visitas se hacían el miércoles y Jueves Santo. A San Felipe le importaba que ese día se meditase intensamente en la Pasión de Jesucristo, nuestro Maestro.

            Es curioso el simbolismo del número siete en el que Neri unió:

– la petición de perdón por los siete pecados capitales que se hubiese cometido,

– petición del don de las siete virtudes contrarias a ellos,

– se recapacitaba sobre las siete etapas principales de Cristo durante el la Pasión,

– recordaban los siete derrames de la sangre de Jesús,

– se meditaban las siete palabras de Jesucristo en la cruz,

– se cavilaba sobre las siete obras de misericordia.

– se acordaban de los siete sacramentos,

– se pedían los siete dones del Espíritu Santo,

            En cada iglesia se recitaba uno de los siguientes salmos penitenciales

 

SALMO 101

Lamento de la desolación.

Oración de un afligido que, en su congoja, desahoga su pena ante el Señor.

            Señor, escucha mi oración,

que mi grito llegue hasta ti;

no me escondas tu rostro

el día de la desgracia.

Inclina tu oído hacia mí;

cuando te invoco, | escúchame enseguida.

Que mis días se desvanecen como humo,

mis huesos queman como brasas;

mi corazón está agostado como hierba,

me olvido de comer mi pan;

con la violencia de mis quejidos,

se me pega la piel a los huesos.

Estoy como lechuza en la estepa,

como búho entre ruinas;

estoy desvelado, gimiendo,

como pájaro sin pareja en el tejado.

Mis enemigos me insultan sin descanso;

furiosos contra mí, me maldicen.

En vez de pan, como ceniza,

mezclo mi bebida con llanto,

por tu cólera y tu indignación,

porque me alzaste en vilo y me tiraste;

mis días son una sombra que se alarga,

me voy secando como la hierba.

Tú, en cambio, permaneces para siempre,

y tu nombre de generación en generación.

Levántate y ten misericordia de Sión,

que ya es hora y tiempo de misericordia.

Tus siervos aman sus piedras,

se compadecen de sus ruinas;

los gentiles temerán tu nombre;

los reyes del mundo, tu gloria.

Cuando el Señor reconstruya Sión,

y aparezca en su gloria,

y se vuelva a las súplicas de los indefensos,

y no desprecie sus peticiones.

Quede esto escrito para la generación futura,

y el pueblo que será creado alabará al Señor.

Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,

desde el cielo se ha fijado en la tierra,

para escuchar los gemidos de los cautivos

y librar a los condenados a muerte.

Para anunciar en Sión el nombre del Señor,

y su alabanza en Jerusalén,

cuando se reúnan unánimes los pueblos

y los reyes para dar culto al Señor.

Él agotó mis fuerzas en el camino,

acortó mis días;

y yo dije: «Dios mío, no me arrebates en la mitad de mis días».

Tus años duran por todas las generaciones:

al principio cimentaste la tierra,

y el cielo es obra de tus manos.

Ellos perecerán, tú permaneces;

se gastarán como la ropa,

serán como un vestido que se muda.

Tú, en cambio, eres siempre el mismo,

tus años no se acabarán.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros,

su linaje durará en tu presencia.

 

SALMO 129

Arrepentimiento y esperanza.

Canción de las subidas.

            Desde lo hondo a ti grito, Señor;

Señor, escucha mi voz,

 estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,

¿quién podrá resistir?

Pero de ti procede el perdón,

y así infundes temor.

Mi alma espera en el Señor,

espera en su palabra;

mi alma aguarda al Señor,

más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,

como el centinela la aurora;

porque del Señor viene la misericordia,

la redención copiosa;

y él redimirá a Israel

de todos sus delitos.

 

NOTA.- SI ALGUIEN QUIERE ESTAR MÁS TIEMPO ACOMPAÑANDO LA SOLEDAD DE MARÍA, SE SUGIERE EL REZO DEL SANTO ROSARIO.

 

PREGÓN PASCUAL

 

 

Alégrense, por fin, los coros de los ángeles,

alégrense las jerarquías del cielo y,

por la victoria de rey tan poderoso,

que las trompetas anuncien la salvación.

 

Goce también la tierra,

inundada de tanta claridad, y que,

radiante con el fulgor del rey eterno,

 se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.

 

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,

revestida de luz tan brillante;

resuene este recinto con las aclamaciones del pueblo.

 

En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces

y con todo el afecto del corazón,

a Dios invisible, el Padre todopoderoso,

y a su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo.

 

Porque Él ha pagado por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán, y ha borrado con su sangre inmaculada

la condena del antiguo pecado.

 

Porque éstas son las fiestas de Pascua,

en las que se inmola el verdadero Cordero,

cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

 

Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas,

nuestros padres, y los hiciste pasar a pie, sin mojarse, el Mar Rojo.

 

Ésta es la noche en que la columna de fuego

esclareció las tinieblas del pecado.

 

Ésta es la noche que a todos los que creen en Cristo,

por toda la tierra, los arranca de los vicios del mundo y

de la oscuridad del pecado, los restituye a la gracia y los agrega a los santos.

 

Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.

 

¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!

 

Necesario fue el pecado de Adán,

que ha sido borrado por la muerte de Cristo.

 

¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!

Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo.

 

Ésta es la noche de la que estaba escrito:

“Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo”.

 

Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados,

lava las culpas,

devuelve la inocencia a los caídos,

la alegría a los tristes,

expulsa el odio,

trae la concordia,

doblega a los poderosos.

 

En esta noche de gracia,

acepta, Padre santo, el sacrificio vespertino de alabanza,

que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio,

obra de las abejas.

 

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,

que arde en llama viva para la gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,

no mengua al repartirla,

porque se alimenta de cera fundida

que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

 

¡Qué noche tan dichosa,

en que se une el cielo con la tierra,

lo humano con lo divino!

 

Te rogamos, Señor,

que este cirio consagrado a tu nombre

para destruir la oscuridad de esta noche,

 arda sin apagarse y, aceptado como perfume,

se asocie a las lumbreras del cielo.

 

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,

ese lucero que no conoce ocaso,

Jesucristo, tu Hijo, que volviendo del abismo,

brilla sereno para el linaje humano y vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Amén.

 

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