Para la Santa Escuela de Cristo de Orduña cada Viernes Santo comienza a las cuatro de la madrugada con los avisos. Termina muchas horas más tarde al acabar la Procesión del Santo Entierro, recoger, apagar y cerrar. Este año vivimos un Viernes Santo distinto, muy distinto. La capacidad de cada persona que procesiona de interiorizar ese momento pasional, ese procesionar de cada Hermano “por dentro”, este año se puede ver superado por el recogimiento y la meditación interior. Cada Hermano o Hermana tiene la experiencia vital de años anteriores para acomodar su tiempo a la penitencia y oración. Desde aquí sugerimos dos momentos a lo largo del día para realizar en familia, al igual que el Ejercicio Semanal de los domingos. Todos tenemos en casa el librito de Cánticos de la Semana Santa y podemos cantar, por la mañana los Cánticos piadosos del Calvario y las estaciones del Vía Crucis. Proponemos después un texto de Vía Crucis mariano al estar celebrando el 75 aniversario de la Coronación de Ntra. Sra. de la Antigua. Por la tarde, se puede cantar todos juntos los Cánticos de la procesión de los Pregones. Seguidamente unirnos a la Iglesia Universal en los Oficios Litúrgicos, en algún medio de comunicación. Concluir reflexionando-orando con el bello texto de Gabriela Mistral, para terminar el día como se hacía antiguamente en el Monasterio de Santa Clara, cantando al Cristo del Perdón: ¡Victoria! 

 

REZO DEL VÍA CRUCIS

 

Por la señal… Señor mío Jesucristo…

ORACIÓN INICIAL

En la Pasión y Crucifixión Jesús y María pagaron con sus propias vidas el precio de nuestra redención: Cristo, nuestro salvador y redentor, que con su sangre preciosa lavó nuestros pecados y nos abrió la puerta del cielo. Y María, la madre dolorosa, la corredentora, que por su amor inmenso hacia Jesús, padeció la agonía de su hijo, y así, consumida de dolor, inmersa en el cáliz de la sangre redentora de su hijo, comparte plenamente el sacrificio salvífico de Jesús. ¡Todo por amor a nosotros! Unidos a ellos recorremos en este Viernes Santo el camino de la Cruz.

I ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE.

-Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… ¿qué sintió tu corazón cuando escuchaste la sentencia de muerte que imponían a tu adorado hijo? Tú que le diste vida, que lo llevaste en tus entrañas, que lo amamantaste, que lo viste crecer, caminar, hablar… serías testigo de su muerte. ¡Qué dolor, Madre, para ti, verlo recorrer el camino pedregoso y estrecho que lo llevaría hacia su crucifixión! María, Madre del injustamente condenado, sé que hubieras querido tomar el lugar de Jesús, pero sabías que era el momento de su martirio. ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre! Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

II ESTACIÓN: JESÚS, CARGA CON LA CRUZ.

– Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. – R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… tú que has sentido el gran dolor de ver a tu hijo con una corona de espinas enterrada en su cabeza; tú que has visto su cuerpo con latigazos, sangrando, y su carne con llagas… ahora tienes que ver cómo, sin ninguna consideración, en esa piel tan herida y dolorida, le colocan una cruz. Tú, Madre, sientes en tu corazón el peso apremiante de ese madero que colocan sobre los hombros de tu amado hijo. Y tú, María, sin poder tomar su cruz, aunque eso era lo que tu corazón deseaba hacer. ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre! Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

III ESTACIÓN: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… tú que viviste para cuidar a tu hijo, ¡qué duro fue para ti verlo indefenso! María, todo tu ser reaccionó y quisiste ir a recoger a Jesús, acariciarlo, mitigarle su dolor, igual que cuando niño se caía y lo limpiabas, lo curabas. Pero no podías hacerlo, debías solo orar y pedirle al Padre Celestial que le diera las fuerzas necesarias para continuar… ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre! Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

IV ESTACIÓN: JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… tú corazón no aguanta más el deseo de darle un poco de cariño a tu hijo. Entonces te adentras entre la multitud gritando el nombre que tantas veces llamabas para que fuera a comer, a estudiar: «¡Jesús, Jesús, mi hijo…!», y por fin logras llegar a donde está tu hijo Jesús. Tus ojos llenos de lágrimas y angustia… sus ojos llenos de dolor, de soledad, mendigando de los hombres un poco de amor… En ese momento tomaste fuerzas del amor que le tienes y con tu mirada silenciosa, pero mucho más elocuente que las palabras, le dices: «Adelante, hijo, hay un propósito para todo este dolor… la salvación de los hombres, de aquellos a quienes quieres devolverles el poder ser hijos de tu Padre Celestial”. Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

V ESTACIÓN: SIMÓN DE CIRENE AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… qué alivio sentiste cuando viste que un hombre iba a ayudar a tu pobre y destrozado hijo a cargar con esa cruz tan pesada. No sabes quién es ese hombre, sabes que no lo hace por amor o por compasión, pues lo están obligando a llevar la cruz de tu hijo. Lo único que sabes es que jamás olvidarás el rostro de aquel hombre que alivió el dolor de tu hijo… Por eso oras y pides a Dios que mientras carga la cruz, la sangre de Jesús, que corre por el madero, toque su corazón y le haga comprender cuánto amor se revela en esa cruz, cuánta misericordia se manifiesta en ese evento del cual él está siendo partícipe. Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

VI ESTACIÓN: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa, has estado orando y suplicando al Padre que mueva el corazón de alguien para que generosamente corra a auxiliar a tu hijo. Deseabas que fuera una mujer, para que con su delicadeza maternal aliviara la aspereza y brusquedad que ha recibido Jesús. Y cuando ves a la Verónica acercarse a limpiar el rostro desfigurado de tu hijo, sientes que tu corazón va a estallar. Ves cómo su velo blanco y limpio se posa sobre el rostro sangriento y sudado de tu amado Jesús… Y sabes, Madre, que ante una acción tan amorosa, tu hijo va a dejar una huella de su presencia… Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

VII ESTACIÓN: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… sientes que con Jesús también vas a caer… Tratas de ir a socorrerlo, pero un soldado te detuvo. Tu corazón parece que va a desfallecer; puedes imaginarte el dolor que debe sentir tu hijo Jesús al caer y volver a caer sobre las piedras, rasgándose las rodillas y abriéndosele más las llagas de los azotes. Madre, ¿qué sentías, qué deseabas…? Solo si pudieras llegar a donde estaba tu amado hijo y le dieras un poco de agua, un poco de ternura… Madre, tú querías darle todo con tal de aliviar su sufrimiento y su fatiga… Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

VIII ESTACIÓN: JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALEN.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… tus lágrimas han ido humedeciendo el camino tan seco y árido que recorre tu hijo; tus lágrimas de amor y sacrificio van mezclándose con la sangre de tu hijo que cae sobre la tierra. Sufres al ver la frialdad de los hombres ante un espectáculo tan doloroso, pero de pronto ves que unas mujeres lloran de compasión al ver a tu hijo tan destrozado y descubres que Jesús se detiene ante ellas… Les dice que no lloren por Él, sino que lloren más bien por ellas y por sus hijos… Quizás ellas no entendieron, Madre, pero tú sí comprendiste la profundidad de aquellas palabras de tu hijo. Sabías en tu corazón que Él las llamaba a un arrepentimiento verdadero, a que lloraran más bien por sus propios pecados. Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

IX ESTACIÓN: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… ves cómo los soldados obligan a tu hijo a apresurar el paso para acabar con tan incómoda misión. Lo hacen caminar tan rápido, que Jesús, en su debilidad y agotamiento, tropieza y cae de nuevo. Los soldados le gritan y lo golpean para que se levante… y tú, Madre sufriente, lo único que deseas es susurrar en el oído de tu hijo aquellos cánticos de amor, aquellos versos tiernos y dulces que le cantabas por las noches cuando era un niño. Deseabas abrazarlo y ayudarlo a levantarse para que llegara a su meta final: la cruz. Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

X ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDOS.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, querida Madre Dolorosa… en este momento recuerdas ese glorioso momento cuando tuviste a Jesús por primera vez en tus brazos, en medio de la pobreza del portal de Belén. Lo envolviste en pañales, no querías que pasara frío, que no estuviera desnudo, sino que esa ropita que le habías hecho con tanto amor cubriera su inmaculado cuerpo. Qué dolor para ti, María, ver a tu hijo despojado de su ropa… tú que viviste para cubrirlo, protegerlo y cuidarlo, hoy lo ves indefenso, desnudo… muriendo en la misma pobreza en que nació. Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

XI ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa… te preguntas si no es suficiente todo lo que le han hecho, pues todavía falta más… No, ahora ves cómo amarran a la cruz su cuerpo herido. Pero, Virgen Mártir, tu corazón se detuvo al oír los martillazos que atravesaban sus huesos. Sus manos y sus pies estaban completamente taladrados por esos clavos. Tú, María, recibes esos clavos como si verdaderamente te los clavaran. Quisieras decirles a los soldados que todo eso no era necesario… Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

XII ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa, estás al pie de la cruz de tu hijo… firme, de pie como toda una reina. Al lado de tu hijo, ofreciéndote como sacrificio de consolación. Y ves cómo un soldado traspasa con una lanza el corazón de tu hijo… y tu corazón, María, en ese momento fue traspasado espiritualmente por la misma lanza… La unión indisoluble de tu corazón con el corazón de Jesús queda revelada para toda la eternidad. Es en la cima del monte Calvario, en esa cruz donde tu hijo es elevado en su trono de rey, que te conviertes en reina. Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

XIII ESTACIÓN: JESÚS EN LOS BRAZOS DE SU MADRE.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa, ahora sí puedes tener a tu hijo en tus brazos. Te parece mentira que aquel niño que tantas veces acunaste, arrullaste y estrechaste contra tu pecho, se vea en ese momento como un despojo humano. Pero lo único que te importa es tenerlo de nuevo en tus brazos maternales. Madre, cómo lo estrechabas, cómo abrazabas ese cuerpo tan desfigurado… Sabías que Él había llevado sobre sí toda nuestra culpa, que con su dolor había sanado las llagas de nuestros pecados, que con su ser destrozado había devuelto la belleza a nuestras almas… Amén. Padre nuestro.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

XIV ESTACIÓN: JESÚS ES SEPULTADO.

-Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos. -R/ Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Oh, Madre Dolorosa, nunca dejas a tu hijo, vas con los que lo llevan a enterrar, pues quieres acompañarlo hasta su tumba. Quisieras arreglar su cuerpo, vestirlo, ponerle un manto blanco, suave y perfumado, pero nada de eso se te permite hacer. Es hora de dejarlo y de cerrar la puerta del sepulcro. Qué dolor, Madre, saber que Él se queda ahí y que tú debes continuar aquí en la tierra, enfrentándote a la oscuridad, a la burla, a la indiferencia y al desprecio que aun después de muerto sigan haciéndole los hombres.

-Señor, pequé. -R/ Ten piedad y misericordia de mí.

ORACIÓN FINAL.

Padre, el camino del Calvario no sólo fue recorrido por Cristo. En la vía dolorosa humana de cada día nos acompañan los dos. También la recorre con nosotros María, y cómo acompañó y consoló a su hijo, igualmente nos acompaña a nosotros. Su compañía y su consuelo son silentes y escondidos; desde lo alto del Txarlazo, desde su Santuario. María, tú caminas despacio, como si no quisieras separarte de tu Hijo, pero una gran paz envuelve tu corazón traspasado de dolor… La paz y el gozo de saber que tu hijo muy pronto resucitará. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

(Adaptación) https://www.corazones.org

 

REFLEXIÓN ANTE LA CRUZ

 

En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

 

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

 

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

 

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mi todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

 

Y sólo pido no pedirte nada.

Estar aquí junto a tu imagen muerta

e ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

 

Gabriela Mistral.

 

¡ VICTORIA ¡

 

¡Victoria! ¡Tu reinarás!

¡Oh cruz! ¡Tú nos salvarás!

El Verbo en ti clavado,

muriendo nos rescató.

De ti, madero santo,

nos viene la redención.

Extiende por el mundo

tu Reino de salvación.

Oh Cruz, fecunda fuente

de vida y bendición.

Impere sobre el odio

tu Reino de caridad.

Alcancen las naciones

el gozo de la unidad.

Aumenta en nuestras almas

tu Reino de santidad.

El río de la gracia

apague la iniquidad.

La gloria por los siglos

a Cristo libertador.

Su cruz nos lleve al cielo,

la tierra de promisión.

¡Victoria! ¡Tu reinarás!

¡Oh cruz! ¡Tú nos salvarás!

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