Para la Santa Escuela de Cristo de Orduña cada Viernes Santo comienza a las cuatro de la madrugada con los avisos. Termina muchas horas más tarde al acabar la Procesión del Santo Entierro, recoger, apagar y cerrar. Al igual que en años pasados, también este año vivimos un Viernes Santo distinto. Únicamente podremos acudir al templo parroquial al mediodía, al Vía Crucis y al atardecer, para participar en la Celebración de la Pasión del Señor.

            Aquí se propone seguir reflexionando-orando con los salmos que San Felipe Neri estableció para rezar en cada templo en La visita a las Iglesias de Roma.

            El Vía Crucis está elaborado a partir del texto que para la meditación escribió el cardenal San John Henry Newman, discípulo de San Felipe Neri que implantó el Oratorio en Inglaterra.

 

REFLEXIONANDO EL TRIDUO CON SAN FELIPE NERI (II)

 

En cada iglesia se recitaba uno de los siguientes salmos penitenciales

 

SALMO 50

Miserere.

Al Director. Salmo de David. Cuando el profeta Natán lo visitó, después de haberse unido aquel a Betsabé.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado.

Contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad en tu presencia.

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio resultarás inocente.

Mira, en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme.

No me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

Enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios,

Dios, Salvador mío,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen:

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

El sacrificio agradable a Dios

es un espíritu quebrantado;

un corazón quebrantado y humillado,

tú, oh Dios, tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

reconstruye las murallas de Jerusalén:

entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

VÍA CRUCIS

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

ORACIÓN INICIAL.

Señor Jesucristo, en esta mañana de Viernes Santo, recién celebrado el 400 Aniversario de la Canonización de San Felipe Neri, queremos acompañarte en el camino de la Cruz con las meditaciones de uno de sus discípulos; el Cardenal Newman.

Éste santo de origen anglicano, convertido al catolicismo, fue una de las figuras más relevantes para tu Iglesia en el siglo XIX. San Henry Newman lo escribió para compartirlo con los hermanos de su época. En nuestros días sus palabras también nos sirven como meditación y reflexión.

Pedimos al Padre, por la intercesión de su Hijo Jesús; de María, la Madre Dolorosa; y de estos dos grandes santos Neri y Newman, la desaparición del mal y la violencia de la Tierra. Especialmente pedimos por la paz en Ucrania y por el resto de los lugares del mundo donde existe la guerra.

 

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte.

            De Pilatos subiendo al Pretorio será la primera Estación que andarás, do verás que mi cuerpo azotaron crueles verdugos con dura impiedad. Sígueme y verás, que cobarde sus manos lavando Pilatos sentencia de muerte me da.

El inocente sufrió por los culpables. Esos pecados míos fueron las voces que gritaron ¡crucifícale!. Ese afecto, ese gusto del corazón con que los cometí fueron el asentimiento que Pilato dio a la multitud vociferante. Y la dureza de corazón que vino luego, mi disgusto, mi inquietud, mi orgullosa impaciencia, mi terca insistencia en ofenderte, el amor al pecado que se apoderó de mí, ¿qué eran si no los golpes y blasfemias con que los soldados y la plebe te recibieron? ¿No ejecutaron estos sentimientos míos, rebeldes e impetuosos, la sentencia que Pilato había pronunciado?

Señor, tu sentencia está firmada; y ¿quién la ha firmado más que yo, cada vez que caigo en el pecado? Caí, perdí la gracia que me habías dado en el Bautismo. Mis pecados mortales fueron vuestra sentencia de muerte. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

SEGUNDA ESTACIÓN. Jesús carga con la Cruz.

            La segunda Estación es en donde, apenas Pilatos sentencia me da…; los sayones la cruz me cargaron, y a golpes y a prisa me hicieron andar. Sígueme y verás, que una soga me echaron al cuello y de ella inclementes, tirándome van.

Sobre sus hombros rotos le ponen una Cruz pesada y maciza, que ha de soportar su peso cuando llegue al Calvario. Él la toma con dulzura, mansamente y con el corazón alegre, porque esa Cruz va a ser la salvación de la humanidad. Aunque estabas completamente preparado, tu cuerpo frágil se tambalea cuando la Cruz cae sobre Ti. ¡Qué miserable he sido alzando mi mano contra Dios! ¿Cómo iba a pensar siquiera que me perdonaría, de no ser porque Él mismo anunció que esta amarga Pasión la sufría para poder perdonarnos? Yo reconozco, Jesús, que mis pecados te han golpeado la cara, han llenado de moratones tus brazos adorables, han destrozado tu carne con hierros, te han clavado a la Cruz y te han dejado morir ahí lentamente.

Señor, esa Cruz agobiante es la carga de nuestros pecados. Al caer sobre tus hombros y tu cuello, cayó como un trallazo. ¡Qué peso tan brutal he descargado sobre Ti, Jesús! Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez.

            La tercera Estación te recuerda, siguiendo mis pasos con santa piedad, la primera caída en que el suelo tocara mi boca con golpe mortal. Sígueme y verás, que a puñadas y a palos y a golpes aquellos tiranos me fuerzan a andar.

Jesús, doblado bajo el peso del madero alargado e irregular que lleva arrastrando, avanza lentamente entre las burlas e insultos de la multitud. La agonía en el huerto, suficiente para extenuarle, fue sólo el principio de otros muchos sufrimientos. Con todo su corazón, sigue adelante pero le fallan las fuerzas y cae. Sí; es lo que temía. Jesús, mi Señor fuerte y poderoso, es por un momento más débil que nuestros pecados. Me arrepentí de mis pecados y, durante un tiempo, fui adelante; pero al final la tentación me venció y me vine abajo. De repente, pareció que todos mis buenos hábitos desaparecerían; como si me despojaran de un vestido, así de rápida y completamente perdí la gracia. En ese momento miré a mi Señor… Se había desplomado. Me cubrí la cara con las manos, en un estado de tremenda confusión.

Jesús cae, pero llevó el peso de la Cruz. Se tambalea, pero se levanta con la Cruz de nuevo y sigue adelante. Él ha caído, para que tú, alma mía, tengas un anuncio y un recordatorio de tus pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre.

            En la cuarta Estación considera, que en ella mi Madre me vino a encontrar, y el dolor que sentía y la angustia al verme, en tal suerte, su amor maternal. Sígueme y verás, que aunque llena de pena y dolores, por verme, de cerca, siguiéndome va.

Jesús se pone en pie; se ha herido en la caída, pero sigue adelante con la Cruz sobre los hombros. Va encorvado, pero alza la cabeza un momento y ve a su Madre. Se miran sólo un instante, y Él avanza. De ser posible, María hubiera preferido padecer ella todos los sufrimientos de su Hijo, antes que estar lejos y no haberlos presenciado. También para Él fue un alivio, una brisa fresca y consoladora, verla, ver su triste sonrisa entre las miradas y ruidos que le cercan. Ella le había visto en su plenitud humana y en su gloria, había contemplado su rostro, fresco de paz e inocencia divinas. Ahora le veía tan cambiado, tan deformado que lo reconoció con dificultad, sólo por esa mirada que le dirigió, profunda, intensa, llena de paz. Ahora me cargaba con el peso de los pecados del mundo, el rostro de Jesús, santidad absoluta, exhibía la imagen de todas las maldades. Parecía un criminal que esconde una culpa horrible. Él, que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros. Ni uno sólo de sus rasgos, ninguno de sus miembros expresaba sino culpa, maldición, castigo, angustia.

¡Qué encuentro entre Madre e Hijo! Uno y otra se consolaron porque existía un mismo sentir. Jesús y María ¿llegarán a olvidar, en toda la eternidad, aquella marea de dolor? Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

QUINTA ESTACIÓN: Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

            En la quinta Estación alquilaron un hombre, que el peso me ayude a llevar, porque ansían que llegue al Calvario, que no por entrañas que tengan piedad. Sígueme y verás, que lo hicieron, temiendo que acaso, de tantos dolores no fuera a llegar.

Las fuerzas terminan por fallarle del todo y ya no puede seguir. Los verdugos, perplejos, se quedan parados. ¿Qué hacer? ¿Cómo va a llegar al Calvario? Pronto se fijan en uno que parece fuerte y ágil, Simón de Cirene. Ha sido por la oración de María. Jesús oraba, pero no por Él; sólo que pudiera beber hasta el final el cáliz del dolor y cumplir la voluntad de su Padre. Pero ella actuó como una madre: fue tras Él con la oración, ya que no podía ayudarle de otra manera. Ella envió a aquel hombre a ayudarle. Ella hizo que los soldados vieran que podían acabar con Él. Madre amable, haz lo mismo con nosotros. Pide siempre por nosotros, Madre Santa; mientras estemos en el camino, ruega por nosotros, sea cual sea nuestra Cruz. Pide por nosotros, caídos, y nos levantaremos. Pide por nosotros cuando el dolor, la angustia o la enfermedad nos lleguen. Pide por nosotros cuando nos hunda el poder de la tentación y envíanos un fiel siervo tuyo a socorrernos. Y si merecemos reparar por nuestros pecados en la otra vida, mándanos un Angel bueno que nos dé momentos de respiro.

Lo agarraron y le obligaron a llevar la Cruz con Jesús. Mirar al dolor en persona taladra el corazón de aquel hombre. ¡Qué honor!  ¡Feliz tú, predilecto de Dios! y con alegría carga con parte de la Cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

SEXTA ESTACIÓN: La Verónica limpia el rostro de Jesús.

            En la sexta Estación una Santa mujer fervorosa, me vino a enjugar, con su toca, el sudor y la sangre que enturbian mis ojos y velan mi faz. Sígueme y verás, que mi rostro, estampado en el lienzo, quedó por reliquia de eterna verdad.

Mientras Jesús asciende la colina lenta y pesadamente, bañado en el sudor de la muerte, una mujer se abre paso entre la muchedumbre y le seca el rostro con un lienzo. En pago por su compasión, el sagrado rostro queda impreso en la tela. Lo mismo que la Magdalena vertió el ungüento en el banquete, Verónica le ofreció su lienzo en la Pasión. “¿Qué más no haría yo?”, decía. Jesús, concédenos servirte según nuestra situación y, lo mismo que aceptaste ayuda en tu hora de dolor, danos el apoyo de tu gracia cuando el Enemigo nos ataque. Siento que no puedo resistir la tentación, el cansancio, el desaliento y el pecado; entonces, ¿de qué sirve buscar a Dios? Caeré, Amado Salvador mío, es seguro que caeré, si Tú no renuevas mis fuerzas, como las águilas, y me llenas de vida por dentro con el amoroso toque de tus sacramentos.

Sus oraciones le llevaron a Verónica, lo mismo que a Simón, hasta Jesús. A Simón para un trabajo y a Verónica para otro. Ella le sirvió mientras pudo con su afecto. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

SEPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez.

            Hasta el séptimo paso llegando, aquesta jornada sangrienta en que vas, te dirá que la cruz me ha rendido, y roto mi cuerpo de nuevo caerá. Sígueme y verás, que llagado de pies a cabeza tan largo camino tu Dios andará.

A cada paso crecen el dolor de sus heridas y la pérdida de sangre. Los miembros le fallan otra vez y Jesús cae al suelo. He caído otra vez. Yo sé bien que sin Tu gracia, Señor, no puedo mantenerme en pie; creía estar cerca de Ti pero he perdido tu gracia una vez más. He dejado enfriar mi devoción, he cumplido tus mandamientos de manera rutinaria y formal, sin afecto interior; así he ido también a los sacramentos, a la Eucaristía. Me volví tibio. Creí que la batalla había terminado, y dejé de luchar. No tenía una fe viva, perdí el sentido de lo espiritual. Cumplía mis deberes por puro hábito y porque los demás lo vieran. Yo debía ser una criatura completamente renovada, vivir de fe, de esperanza, de amor; pero pensaba más en este mundo que en el que ha de venir. Terminé por olvidar que soy siervo de Dios, seguí el camino ancho que lleva a la destrucción y no el otro, estrecho, que lleva a la vida. Así me aparté de Ti.

¿Qué ha hecho Él para merecer esto?  ¿Es este el pago que el tan esperado Mesías recibe del pueblo elegido, los hijos de Israel? Sé la respuesta: Él cae porque yo he caído otra vez. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

OCTAVA ESTACIÓN: Jesús encuentra a las mujeres que lloran por Él.

            En la octava Estación al encuentro piadosas mujeres me van a llorar, y afligidas lamentan mi suerte, vertiendo sus ojos copioso raudal. Sígueme y verás, que mi voz las consuela y las dice; que sólo el pecado se debe llorar.

Al ver los sufrimientos de Jesús, las santas mujeres sienten tal punzada de dolor que, sin importarles las consecuencias, gritan su pena y le compadecen a voces. Jesús se vuelve a ellas: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí sino por vosotras y por vuestros hijos”. Señor, ¿soy yo uno de esos hijos pecadores por los que Tú invitas a llorar?  ¿Es posible?  ¿Cómo soportar el pensamiento de que Tú, Señor, lloraste por mí como lloraste por Jerusalén?  ¿Es posible que, por tu Pasión y Muerte, yo me pierda en vez de ser rescatado?  Señor, no me dejes. ¡Soy tan poca cosa, hay tal miseria en mi corazón y tan poca fuerza en mi espíritu para hacerle frente! Señor, ten piedad de mí. Es tan difícil apartar de mi corazón el espíritu del mal. Sólo Tú puedes echarlo lejos.

«No lloréis por mi, que soy el Cordero de Dios y, por voluntad propia, estoy pagando por los pecados de los hombres. Sufro ahora, pero después triunfaré…». Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez.

            La novena Estación es en donde, la cruz dolorosa me vuelve a postrar, y a la fuerza me arrastran, y quieren que llegue al calvario, paciente Isaac. Sígueme y verás, que al andar, aunque sufra caídas, aliento en las tuyas, mi ejemplo te da.

Ya casi había alcanzado lo alto del Calvario, pero antes de llegar al punto donde va a ser crucificado, Jesús cae otra vez; y de nuevo es arrastrado y empujado brutalmente por los soldados. Desde el principio Jesús ve el final. Pensaba en mí mientras se arrastraba subiendo la colina del Calvario. Veía que yo volvería a caer, a pesar de tantas advertencias y ayudas. Vio que pondría la confianza en mí mismo y que entonces el enemigo me sorprendería con tentaciones. Yo creía conocer mis defectos; sabía dónde era fuerte, pero Satanás fue hacia ese punto débil, mi autosuficiencia, e hizo estragos. Me faltaba humildad. Creía que a mí el mal no podía tocarme, que había superado el peligro de pecar; pensaba que era fácil ir al cielo y no estaba vigilante. Todo por orgullo. Por eso caí de nuevo, por tercera vez.

Esta es la peor caída de las tres. Las fuerzas le fallan completamente y pasa un poco hasta que los soldados le levantan. No es más que un signo de lo que me pasará a mi, cada vez más tibio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras.

            En aquesta Estación considera, que el décimo paso doliente andarás, para verme desnudo ante el pueblo; que afrenta más grande no puede llevar. Sígueme y verás, que las hieles y vino mirrado, aquellos sayones me dan a gustar.

Por fin llega al lugar del sacrificio y se preparan para crucificarle. Desgarran sus vestiduras sobre su cuerpo sangrante, que queda expuesto a la mirada y al burdo griterío de la multitud. Tú soportaste la vergüenza del Calvario para librarme a mí de la vergüenza del Juicio Final. Tú, que nada tenías de que avergonzarte, sufriste vergüenza por haber tomado la naturaleza humana. Cuando te quitaron los vestidos, tu cuerpo inocente fue humilde y amorosamente adorado por los ángeles más escogidos: te rodearon mudos de asombro, atónitos de tu belleza, temblando ante tu anonadamiento. Señor, ¿qué sería de mí si me tomaras y, despojado del ropaje de tu gracia, me vieran tal como soy realmente? ¡Cuánta suciedad! Incluso limpio de pecado mortal, ¡cuánta miseria en mis pecados veniales!

Tú, Señor, fuiste despojado de todo en Tú pasión y expuesto a la curiosidad y a la burla de la gente: haz que me desprenda de mí mismo, aquí y ahora, para que en el último día no me cubra de bochorno ante los ángeles y los hombres. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

UNDÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la cruz.

            El undécimo paso que siguen, las almas cristianas que lloran mi mal, te dirá que tu negro pecado, cual fiero verdugo, clavándome está. Sígueme y verás, cuál sería el dolor de mi Madre, oyendo el martirio cruel golpear.

Fijan a Jesús en la Cruz, tendida sobre el suelo. Con mucho esfuerzo y después de bandearse pesadamente a un lado y otro, la Cruz acaba por hincarse en el hueco abierto en la tierra. O quizá –como piensan otros– la Cruz es primero erguida y luego, Jesús alzado y clavado al madero. Mientras los verdugos clavan salvajemente los enormes clavos, Él se ofrece al Padre Eterno en rescate por la humanidad. Caen los martillazos, la sangre salta. Sí; pusieron en alto la Cruz, colocaron una escalera y habiéndole desnudado, le hicieron subir. Agarrando débilmente con las manos la escalera, los peldaños, subiendo con esfuerzo, lentos e inseguros los pies, y resbalando, si los soldados no estuvieran allí para sujetarle, habría caído al suelo. Al alcanzar la base para apoyar los pies, se giró con modestia y dulzura hacia la muchedumbre enfurecida, alargando las manos como si quisiera abrazarles. Después, con amor, puso sus manos en el travesaño esperando a que los verdugos, con clavos y martillos, perforaran sus manos y le clavaran a la Cruz.

Ahí cuelga ahora, enigma para el mundo, temor de los demonios, asombro inexplicable, pero también alegría y adoración de los ángeles. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

DUODÉCIMA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz.

            La duodécima escena a que llegas, en esta tragedia que va a terminar, te recuerda que al fin en un palo, cosido con clavos, tu Dios estará. Sígueme y verás, que hasta el cielo se enluta al mirarme, morir por el mundo y en cruz expirar.

Jesús, tres horas colgado. En ese tiempo, reza por quienes le matan, promete el Paraíso al ladrón arrepentido y entrega su Madre Bendita al cuidado de San Juan. Con todo ya cumplido, inclina la cabeza y entrega el espíritu. De una vez por todas, ante los hombres y ante los ángeles, rechazó el pecado para siempre. En este momento me entrego a Dios del todo. Amar a Dios será mi primordial empeño. Con la ayuda de su gracia crearé en mi corazón aborrecimiento y dolor profundo por mis pecados. Me empeñaré en detestar el pecado, tanto como antes lo amé. En las manos de Dios me pongo, y no a medias sino del todo, sin reservas. Te prometo, Señor, con la ayuda de tu gracia, huir de las tentaciones, evitar toda ocasión de pecado, escapar enseguida de la voz del Maligno, ser constante en la oración: morir al pecado, para que Tú no hayas muerto en la Cruz por mí, en vano.

Ya ha pasado lo peor. El Santo, muerto. Se ha ido. El más compasivo de los hijos de los hombres, el que ha derrochado más amor, el más Santo. Ya no está. Jesús ha muerto y en su muerte ha muerto mi pecado. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la cruz.

            A la décimatercia has llegado, piadosa Estación donde triste verás, que desclavan mi Santo cadáver, y manos amigas lo van a bajar. Sígueme y verás, que mi Madre al tenerme en sus brazos, veía en mis llagas tu ciega maldad.

La gente se ha ido a casa. El Calvario queda solitario y en silencio; sólo Juan y las santas mujeres están allí. Llegan José de Arimatea y Nicodemo, bajan de la Cruz el cuerpo de Jesús, y lo ponen en brazos de María. Por fin, María, tomas posesión de tu hijo. Ahora que sus enemigos ya no pueden hacer más, te lo dejan, como un despojo. Mientras esos amigos inesperados hacen su difícil tarea, tú le miras con pensamientos que jamás encontrarán palabras. Con más fuerza ahora, sin desvanecerte, sin temblar, recibes su cuerpo en tus brazos, en tu regazo maternal. Eres inmensamente feliz ahora que ha vuelto a ti. De tu casa salió, oh Madre de Dios, con toda la fuerza y la belleza de su Humanidad; a ti vuelve descalabrado, hecho pedazos, mutilado, muerto. Y, a pesar de todo, Madre Bendita, más feliz eres en este momento atroz que aquel día de las bodas, cuando estaba a punto de irse; pero a partir de ahora, el Salvador Resucitado nunca más se separará de ti.

Tu corazón lo atraviesa aquella espada de que habló Simeón. Madre Dolorosa, en tu dolor hay una alegría aún más grande. La alegría que iba a venir  te dio fuerzas para permanecer junto a Él colgado en la Cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es depositado en el sepulcro.

            La postrera Estación es en donde, los Santos Varones me van a enterrar, y un sepulcro me dan de limosna, y allá por tres días mi Cuerpo estará. Sígueme y verás, que aquí llora de nuevo mi Madre, de su Hijo querido, cruel soledad.

Los amigos lo toman de sus brazos y lo ponen en una sepultura digna. Y la cierran con cuidado, hasta que llegue el momento de su Resurrección. Como las fieles mujeres, también nosotros te velaremos, porque todo nuestro tesoro, nuestra vida entera, está puesta en Ti. Y cuando nos llegue la hora de morir, concédenos, dulce Jesús, dormir en paz nosotros también el sueño de los santos. Que durmamos en paz ese breve intervalo entre nuestra muerte y la resurrección de todos los hombres. Que nuestros amigos nos recuerden y recen por nosotros, Señor. Permite a nuestros Ángeles Custodios que nos ayuden a remontar aquella escala de gloria que vio Jacob y que lleva de la tierra al cielo. Y al llegar, que las puertas de lo Eterno se abran ante nosotros con música de Ángeles, que nos reciba san Pedro y que nuestra Señora, la gloriosa Reina de los santos, nos abrace y nos lleve a Ti y a tu Padre Eterno y a tu Espíritu, tres Personas, Un solo Dios, para participar en su Reino por los siglos de los siglos.

Reposa, duerme en paz un poco, en la quietud del sepulcro. Amado Señor nuestro, y después levántate y reina sobre tus hijos para siempre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

ORACIÓN FINAL.

Padre, te pedimos con las palabras del Beato Palafox que «fieles, de este discurso de la Pasión del Señor, tratemos de aprovecharnos, procurando lograr escarmiento de lo injusto y enseñanza de lo santo. Escarmentémonos de los malos sacerdotes, escribas y fariseos, para no dejarnos llevar de la pasión y la envidia, no aborrecer la virtud, ni la santa y buena doctrina, ni la recta reformación de costumbres. Que aprendamos el ejemplo de la Virgen y las Marías, a quién el Señor resucitado se apareció primero, porque con devotas lágrimas lo lloraron en el monte y al pie de la cruz». Te lo pedimos por Tú Hijo, nuestro Maestro, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Que Cristo, nuestro redentor, nos bendiga y nos proteja, por los siglos de los siglos. Amén.

 

VICTORIA, TU REINARÁS, OH CRUZ, TU NOS SALVARÁS.

¡Victoria! ¡Tu reinarás!

¡Oh cruz! ¡Tu nos salvarás!

El Verbo en ti clavado,

muriendo nos rescató.

De ti, madero santo,

nos viene la redención.

Extiende por el mundo

tu Reino de salvación.

Oh Cruz, fecunda fuente

de vida y bendición.

Impere sobre el odio

tu Reino de caridad.

Alcancen las naciones

el gozo de la unidad.

Aumenta en nuestras almas

tu Reino de santidad.

El río de la gracia

apague la iniquidad.

La gloria por los siglos

a Cristo libertador.

Su cruz nos lleve al cielo,

la tierra de promisión.

¡Victoria! ¡Tu reinarás!

¡Oh cruz! ¡Tu nos salvarás!

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