Hoy, durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando su resurrección en oración y ayuno.

En la oscuridad del sábado, surge la Noche Santa: luz, agua, Sagrada Escritura, consagración, campanas, alegría… que se anuncia a través del Pregón Pascual. Muchos aún recordamos la resplandeciente proclamación por D. Esteban, aunque este año debamos conformarnos por seguirlo en la TV y meditarlo en lo más íntimo de nuestro corazón.

“Observaron el sepulcro y cómo había quedado puesto su cuerpo”

(Lc 23,55-56).

 

Por la señal… Señor mío Jesucristo…

 

ORACIÓN INCIAL

Verte clavado en una cruz, Señor mío, verte morir por amor a mí, me hace experimentar con dolor mi pecado. Me arrepiento y levanto mis ojos a Ti pidiendo y confiando en tu misericordia infinita: ¡Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador!

Hoy, Señor, Sábado Santo es el día de la espera y la esperanza. Hoy contemplamos el cuerpo de Jesús yaciente en el sepulcro. Estamos precedidos por la fe de Santa María; Ella nos guía y nos enseña el camino seguro de la esperanza. Concédeme, Señor, la luz del Espíritu para que ilumine mi oración. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

MEDITACIÓN

Después del Viernes de Pasión viene el silencio del Sábado santo, día preñado de espera y esperanza. En este día la comunidad cristiana vela en oración junto al sepulcro en compañía de María, la Madre de Jesús. Nadie como Ella entendió las palabras de Jesús: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará» (Mt 20,17-19). En medio del dolor por la muerte sangrienta de Jesús la fe y la esperanza de María se mantuvieron firmes. Nuestra Madre es la Mujer de la fe que nos enseña, especialmente en este día, a confiar en las promesas de su Hijo. «En el Sábado santo la Iglesia, uniéndose espiritualmente a María, permanece en oración junto al sepulcro, donde el cuerpo del Hijo de Dios yace inerte como en una condición de descanso después de la obra creadora de la Redención, realizada con su muerte (ver Hb 4, 1-13)» (Benedicto XVI).

 

CONSAGRACIÓN A MARÍA

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! Amén.

 

ORACIÓN FINAL

Gracias, Señor, porque me diste a Santa María como madre espiritual. Hoy es un día en el que me experimento particularmente invitado a acompañarla en la oración, a dejarme educar por su fe y por su esperanza. Ayúdame a preparar mi corazón para celebrar tu gloriosa Resurrección. Amén

 

NOTA.- SI ALGUIEN QUIERE ESTAR MÁS TIEMPO ACOMPAÑANDO A MARÍA, SE SUGIERE EL VIA MATRIS DEL VIERNES DE DOLORES 

 

Pregón Pascual

 

Alégrense, por fin, los coros de los ángeles,

alégrense las jerarquías del cielo y,

por la victoria de rey tan poderoso,

que las trompetas anuncien la salvación.

 

Goce también la tierra,

inundada de tanta claridad, y que,

radiante con el fulgor del rey eterno,

se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.

 

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,

revestida de luz tan brillante;

resuene este recinto con las aclamaciones del pueblo.

 

En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces

y con todo el afecto del corazón,

a Dios invisible, el Padre todopoderoso,

y a su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo.

 

Porque Él ha pagado por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán, y ha borrado con su sangre inmaculada

la condena del antiguo pecado.

 

Porque éstas son las fiestas de Pascua,

en las que se inmola el verdadero Cordero,

cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

 

Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas,

nuestros padres, y los hiciste pasar a pie, sin mojarse, el Mar Rojo.

 

Ésta es la noche en que la columna de fuego

esclareció las tinieblas del pecado.

 

Ésta es la noche que a todos los que creen en Cristo,

por toda la tierra, los arranca de los vicios del mundo y

de la oscuridad del pecado, los restituye a la gracia y los agrega a los santos.

 

Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.

 

¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!

 

Necesario fue el pecado de Adán,

que ha sido borrado por la muerte de Cristo.

 

¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!

Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo.

 

Ésta es la noche de la que estaba escrito:

“Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo”.

 

Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados,

lava las culpas,

devuelve la inocencia a los caídos,

la alegría a los tristes,

expulsa el odio,

trae la concordia,

doblega a los poderosos.

 

En esta noche de gracia,

acepta, Padre santo, el sacrificio vespertino de alabanza,

que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio,

obra de las abejas.

 

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,

que arde en llama viva para la gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,

no mengua al repartirla,

porque se alimenta de cera fundida

que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

 

¡Qué noche tan dichosa,

en que se une el cielo con la tierra,

lo humano con lo divino!

 

Te rogamos, Señor,

que este cirio consagrado a tu nombre

para destruir la oscuridad de esta noche,

arda sin apagarse y, aceptado como perfume,

se asocie a las lumbreras del cielo.

 

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,

ese lucero que no conoce ocaso,

Jesucristo, tu Hijo, que volviendo del abismo,

brilla sereno para el linaje humano y vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Amén.

 

 

(Adaptación) https://mvcweb.org

 

 

 

 

 

 

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