Hoy, durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, esperando su resurrección en oración y ayuno.

            En la oscuridad del sábado, surge la Noche Santa: luz, agua, Sagrada Escritura, consagración, campanas, alegría… que se anuncia a través del Pregón Pascual.

REFLEXIONANDO EL TRIDUO CON EL BETATO PALAFOX

 

            «Y así, fieles de este discurso de la Pasión del Señor, tratemos de aprovecharnos, procurando lograr escarmiento de lo injusto y enseñanza de lo santo. Escarmentemos en los malos sacerdotes, escribas y fariseos, para no dejarnos llevar de la pasión y la envidia, no aborrecer la virtud ni la santa y buena doctrina, ni la recta reformación de costumbres. Y en la consideración de la iniquidad de Judas, huyamos de la codicia, pasión tan ciega y desenfrenada, que no perdona a su Padre, a su maestro y lo que es más, a su Dios; y de la traición y alevosía, vicio infame y justamente aborrecido de todos; y de recibir indignamente al Señor y de tratar con deslucimiento el culto divino, tanto más prelados y sacerdotes.

En Anás reconocemos cuán grave culpa es no reformar la familia, ni contener y castigar los criados y súbditos insolentes, y el dejar de reducir a honestos términos el poder. En Caifás miremos el daño que causa no dar suaves disposiciones a las materias de gobierno y de justicia, y el violentar los discursos y no dejar libre en los inferiores la rectitud y verdad. En Pilatos, los daños de la omisión y remisión de los jueces, el más pernicioso y frecuente pecado de su oficio y el que, aunque suena misericordia, esta terrible crueldad. En Herodes, las ruinas de la lujuria, que cierra los oídos y el corazón a las inspiraciones divinas y le quita al Señor la palabra de la boca; y el hacer recreación del oficio y descanso del cuidado, que es lo que infama los ministros y los hace relajados y perdidos. En el mal ladrón miremos cuánto daña el decir al compañero insolencias en las penas, desesperar en las culpas, blasfemar en los trabajos.

Y por el contrario, aprendamos en Cristo nuestro Señor aquella invicta paciencia al padecer injustitas del enemigo, aquella ardiente caridad al amar a sus criaturas, aquella alta resignación al obedecer al Padre, aquella providencia con su Iglesia y con su Madre, aquel morir por amar, aquel amar a los mismos que le hacían tan cruelmente morir.

Aprendamos de la Virgen Señora nuestra, la constancia y caridad al seguirlo, la ternura y la devoción al llorarlo. La contrición y lágrimas de San Pedro. El fervor y perseverancia de la santa Magdalena. De las Marías, José o Nicodemus, el religioso culto al sepultarlo y ungirlo; esto es, al servirlo y adorarlo. Del buen ladrón, la fe y esperanza. Que de esta manera, escarmentando en lo malo y aprendiendo en lo perfecto, conseguiremos el mérito en esta vida y en la eterna la corona de la gloria».

Semana Santa. Injusticias en la muerte de Cristo.

Beato Juan de Palafox.

 

HIMNOS

 

OFICIO DE LECTURA.

 

¡Oh, cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

 

Cantemos la nobleza de esta guerra,

el triunfo de la sangre y del madero;

y un Redentor, que en trance de Cordero,

sacrificado en cruz, salvó la tierra.

 

Dolido mi Señor por el fracaso

de Adán, que mordió muerte en la manzana,

otro árbol señaló, de flor humana,

que reparase el daño paso a paso.

 

Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida,

y que el Amor redima la condena!»

La gracia está en el fondo de la pena,

y la salud naciendo de la herida.

 

¡Oh, plenitud del tiempo consumado!

Del seno de Dios Padre en que vivía,

ved la Palabra entrando por María

en el misterio mismo del pecado.

 

¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,

y a Dios como el menor de los humanos?

Llorando en el pesebre, pies y manos

le faja una doncella nazarena.

 

En plenitud de vida y de sendero,

dio el paso hacia la muerte porque él quiso.

Mirad de par en par el paraíso

abierto por la fuerza de un Cordero.

 

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria. Amén.

 

LAUDES.

 

Jesús de María,

Cordero santo,

pues miro vuestra sangre,

mirad mi llanto.

 

¿Cómo estáis de esta suerte,

decid, Cordero casto

pues, naciendo tan limpio,

de sangre estáis manchado?

La piel divina os quitan

las sacrílegas manos,

no digo de los hombres,

pues fueron mis pecados.

 

Bien sé, Pastor divino,

que estáis subido en alto,

para llamar con silbos

tan perdido ganado.

Ya os oigo, Pastor mío,

ya voy a vuestro pasto,

pues como vos os dais

ningún pastor se ha dado.

 

¡Ay de los que se visten

de sedas y brocados,

estando vos desnudo,

solo de sangre armado!

¡Ay de aquellos que manchan

con violencia sus manos,

los que llenan su boca

con injurias y agravios!

 

Nadie tendrá disculpa

diciendo que cerrado

halló jamás el cielo,

si el cielo va buscando.

Pues vos, con tantas puertas

en pies, mano y costado,

estáis de puro abierto

casi descuartizado.

 

¡Ay si los clavos vuestros

llegaran a mí tanto

que clavaran al vuestro

mi corazón ingrato!¡Ay si vuestra corona,

al menos por un rato,

pasara a mi cabeza

y os diera algún descanso! Amén.

 

VÍSPERAS.

 

¡Victoria!, tú reinarás.

¡Oh, cruz, tú nos salvarás!

 

El Verbo en ti clavado, muriendo, nos rescató;

de ti, madero santo, nos viene la redención.

 

Extiende por el mundo tu reino de salvación.

¡Oh, cruz fecunda, fuente de vida y bendición!

 

Impere sobre el odio tu reino de caridad;

alcancen las naciones el gozo de la unidad.

 

Aumenta en nuestras almas tu reino de santidad;

el río de la gracia apague la iniquidad.

 

La gloria por los siglos a Cristo libertador,

su cruz nos lleva al cielo, la tierra de promisión

 

NOTA.- SI ALGUIEN QUIERE ESTAR MÁS TIEMPO ACOMPAÑANDO A MARÍA, SE SUGIERE EL REZO DEL SANTO ROSARIO.

 

PREGÓN PASCUAL

 

 

Alégrense, por fin, los coros de los ángeles,

alégrense las jerarquías del cielo y,

por la victoria de rey tan poderoso,

que las trompetas anuncien la salvación.

 

Goce también la tierra,

inundada de tanta claridad, y que,

radiante con el fulgor del rey eterno,

se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.

 

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,

revestida de luz tan brillante;

resuene este recinto con las aclamaciones del pueblo.

 

En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces

y con todo el afecto del corazón,

a Dios invisible, el Padre todopoderoso,

y a su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo.

 

Porque Él ha pagado por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán, y ha borrado con su sangre inmaculada

la condena del antiguo pecado.

 

Porque éstas son las fiestas de Pascua,

en las que se inmola el verdadero Cordero,

cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

 

Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas,

nuestros padres, y los hiciste pasar a pie, sin mojarse, el Mar Rojo.

 

Ésta es la noche en que la columna de fuego

esclareció las tinieblas del pecado.

 

Ésta es la noche que a todos los que creen en Cristo,

por toda la tierra, los arranca de los vicios del mundo y

de la oscuridad del pecado, los restituye a la gracia y los agrega a los santos.

 

Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.

 

¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!

 

Necesario fue el pecado de Adán,

que ha sido borrado por la muerte de Cristo.

 

¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!

Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo.

 

Ésta es la noche de la que estaba escrito:

“Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo”.

 

Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados,

lava las culpas,

devuelve la inocencia a los caídos,

la alegría a los tristes,

expulsa el odio,

trae la concordia,

doblega a los poderosos.

 

En esta noche de gracia,

acepta, Padre santo, el sacrificio vespertino de alabanza,

que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio,

obra de las abejas.

 

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,

que arde en llama viva para la gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,

no mengua al repartirla,

porque se alimenta de cera fundida

que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

 

¡Qué noche tan dichosa,

en que se une el cielo con la tierra,

lo humano con lo divino!

 

Te rogamos, Señor,

que este cirio consagrado a tu nombre

para destruir la oscuridad de esta noche,

arda sin apagarse y, aceptado como perfume,

se asocie a las lumbreras del cielo.

 

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,

ese lucero que no conoce ocaso,

Jesucristo, tu Hijo, que volviendo del abismo,

brilla sereno para el linaje humano y vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Amén.

 

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar